Incontables las noches



Son incontables las noches que me acosté
pensando que no amanecería solo.
Que el frío no llegaría a calarme por completo.

-La humedad de mis ojos ha empapado la almohada-.

¿Qué hago?
Demasiado confuso para ser objetivo.
¿Soy insuficiente quizás?

-No sé qué me falta, pero sí sé qué me sobra-.

Puede ser que el mundo no esté preparado.
No sabe cómo debe amarme.
Una futura tumba sin epitafio.

-Un bello durmiente que no despertará jamás-.














Imagen: Jeswin Thomas

2 poemas de María Sánchez


II

Algo así tiene que ser el hogar:

Oír fandangos mientras las ovejas van
tras sus corderos

Rebuscar con los dedos las raíces

Ofrecer a los tubérculos los tobillos

Convertir la voz en ternura
y en presa

Prometerme una y otra vez
que nunca escribiré en vano
un libro con las mismas
manchas

***

I

Soy la tercera generación de hombres que vie-
de la tierra y de la sangre. De las manos de
mi abuelo atando los cuatro estómagos de un
rumiante. De los pies de mi bisabuelo hundién-
dose en la espalda de una mula para llegar a la
aceituna. De la voz y la cabeza de mi padre re-
pitiendo yo con tu edad yo y tu abuelo yo y los hombres

Imagen relacionada

Imagen: digopalabratxt.com

Sombras felinas



He corrido por los callejones de mi ciudad a media noche
descalzo y sudando.
Semidesnudo, he saltado por las azoteas desiertas. Sigiloso.
Me he camuflado entre los gatos callejeros.
En los días de lluvia cruzaba miradas con los hombres
pensando que había llegado mi hora.
Me asustaba con el sonido de la música,
   con el sonido de la ciudad,
      con el sonido de las palabras.
Lo horrible siempre fue no saber el cuándo.
Y hasta entonces…lloro.




Imagen: Daniel-Eduard Doman

Toda una vida


Los años han ido pasando mientras lloraba mi sexo.
Pensaba en los hombres con los que me acosté
sin el éxito esperado.
He ido recordando que mi cuerpo es salvaje,

 y se rebela contra mí.
He cercenado uno a uno los órganos inútiles de mi cuerpo,
esperando sentir un atisbo de vida en mi deteriorado aparato reproductor.

Recé por un milagro científico.
Me arranqué los dientes y me hice cortes en las manos
para que de ahí la magia me diera un hijo.

Un crecimiento doloroso.
Una maldición biológica.
Un milagro de plástico.

Mi vientre abierto
mi cuerpo palpitante.
Mis latidos, banda sonora de las operaciones.

Nací. Crecí. Intenté. Morí.

A black and white image of a person sticking their spine out in a photography studio in Kyiv city

Imagen: Olenka Kotyk

Operación


Hoy, cinco de marzo de un año que no recuerdo, estreno nervios.
Estoy tumbado en la camilla con sábanas verdes
como el jardín donde mi madre creció.
Una almohada de mármol sostiene mi cabeza,
tiembla, tiemblo.
La habitación está llena de plañideras.
Rostros desconocidos ocultos tras unos pañuelos blancos.
Algunas tocan mi cuerpo desnudo
con sus manos ásperas y me arañan
intentando ver si sangro.

He reconstruido mi cuerpo con el tiempo,
perdí el pelo de mi piel,
me deshice de las costillas para hacer hueco
a una cavidad ficticia que algún día albergaría vida.
De mi pecho surgieron dos senos de arena
y rajé mi garganta para vaciarla.

Estoy desnudo frente a un hombre sin boca.
Mis miedos nublan la habitación fría
mientras que seis hombres me observan tras el cristal de mi habitación.
Señalan y miran con rechazo
este cuerpo creado por la ciencia
y mis deseos.

   

Imagen: Charles Deluvio

Calle María Magdalena



En esa calle,
ante los ojos de una Santa,
con el asfalto rasgando mis rodillas
descubrí  qué era ser un hombre.
Me enseñaste la virtud
                                           -o el pecado original-.
El don que habita en todos nosotros.
No te defraudé.
Supe estar a la altura,
a pesar de estar de rodillas.
Recé para mis adentros,
mi lengua predicaba.
Ajeno de miradas,
cubierto por un millar de luces,
llegamos a ser creyentes de nuestros cuerpos.
Sin castigo,
pisamos fuerte la gloria.
Masculino.
Me he ido enamorando
de las oraciones de tu cuerpo.
Cada domingo estoy contigo,
lanzó gritos de gozo al cielo.




Imagen: Anna Sastre

Príncipe descolorido



Tenía siete años,
esperaba como un tonto delante de la puerta
a que apareciera mi príncipe azul.
Sigo delante de la puerta, con más barba
y una espalda más ancha
esperándole.
Pero sé que pronto me cansaré.
El reloj se mueve rápido.
He empezado a pensar que mi príncipe no es azul.
Será de algún color desteñido, casi blanco.
Me estoy cansando de esperarle.
¿Quizás yo deba ser mi príncipe?




Imagen: Pro Church Media