2 poemas de Emily Dickinson



En el cuarto interior
parece aún más plácido que el sueño.
Lleva sobre su pecho un ramillete,
y no dirá su nombre.

Lo tocan y besan,
hay quien calienta su ya inútil mano.
Es tan serio y sencillo
que no puede entenderlo.

Yo en su lugar no vertería lágrimas.
Sollozar es violento.
Así se asusta al apacible duende
que va a volver al bosque en que nació.

Hay cándidos vecinos que platican
sobre aquellos que "mueren antes de hora".
Nosotros, siempre dados a perífrases,
hablamos de la huida de los pájaros.

***

Morí por la Belleza, pero apenas
ahormada en la tumba
otro murió por la Verdad, y estaba
en el lugar contiguo.

Me preguntó en voz baja: "¿De qué has muerto?"
Dije: "Por la Belleza".
"Pues yo por la Verdad. Y son lo mismo".
Añadió: "Hermanos somos".

Así, como parientes que se encuentran
de noche, conversamos.
Hasta que el musgo nos llegó a los labios
y cubrió nuestros nombres.



Difuntas



En mi sofá hay tirada una figura oscura.
Aparece a veces, pero nunca tiene ojos.
Sentado a su lado veo cómo se estira,
cómo se exhibe buscando mis caricias.
La ignoro con cuidado, no quiero ofenderla.
Quizás sea el recuerdo de aquella musa que maté por conseguir la fama.
Intenta hablar conmigo en un lenguaje desconocido.
Empiezo a sudar, ella grita.
Algo va mal entre nosotros.
Convulsiona y cambia.
Convulsiona y desaparece.
Convulsiona y muere.

Mobiliario urbano


Las calles de mi ciudad están llenas de estrías.
Signos de la edad y el deterioro.
El mobiliario urbano es abundante, pero está sucio.
Hay estatuas de color ceniza abandonadas en los portales.
Olvidadas y llenas de polvo.
Por las esquinas hay copas de alcohol que huyen de las serpientes.
Hay motas de luz encargadas de limpiar, en silencio y sin molestar.

Huérfano


Me duelen las encías de masticar
el dolor.
Lloro para humedecerlas.
¿Lo oyes?
Balbuceo una señal de auxilio.
¿No quieres oírla?
Me duelen las encías, y no tengo
tu pecho para calmarlas. 


África


La crueldad del ser humano
tiene un reflejo
que mide 11, 73 millones mi2.




Las bicicletas apiladas


El tiempo ha pasado.
Tan rápido
que los colibríes han ido hacia delante.
No he podido pararlo. No lo intenté.
Quería dejar que el río fluyera,
llevándose  mis recuerdos compartidos.

Rememoro en la almohada,
aquellos besos con sabor a lluvia. Con sabor a sal.
Casi vuelvo a ver las bicicletas apiladas en la puerta de mi casa.
Antes de que supiéramos que íbamos a follar.
Mi piel se excita.
Ella sola,
sin tenerme en cuenta.
No sabe
que te marchaste.
Dejándome con la mirada perdida a la altura de tus rodillas

mientras el horizonte engullía tus pedaladas.

Black and white shot of bikes on sidewalk with owner in New Balance trainers and backpack
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Desierto en multipropiedad


I
Cruzo despacio. Me quemo.
Mi piel se cae
a tro-zos.
Recuerdo al niño. Corre.
Grita juguete.

II
Infancia hecha de arena sahariana.
Carrera, un final lleno de cuchillas.
Historias privadas convertidas en compasión.
Yo, ellos, nosotros
somos cifras.

III
Me siento ajeno en esta casa.
El hogar tiene apellidos.
Los míos no pasaron.

Adiós, Asad.